Doña Clara

Doña Clara solía refunfuñar frente al espejo:

Su pelo es un asco. Sí que lo es. Y mira qué cara tan arrugada, triste evidencia del tiempo y de su mal uso. Ella fue una estrella paradigmática a la que todos llamaban Delgadina, por razones obvias. Que se entere el mundo, y que se entere esa vieja fea que se burla al otro lado. Y Delgadina la de los ojos altivos e insolentes, la de los labios rojos y fogosos, la de la sonrisa viva y de cuando en cuando fingida. Aunque rabien las malas lenguas de envidia, ésa fue la verdadera Delgadina, y no la de las sábanas de raso. Una no tiene la culpa de su condición romántica, ni de sus maneras mimosas –que no obscenas–. Una se deja soplar en la vida, de aquí allá, en la dirección que toque y sin mayores escrúpulos.

Pero Doña Clara murió extasiada, según cuenta la señora Luisiana, que no es mujer de darle mucho a la lengua. No, ella no critica, ni cotillea, ni se alegra de las desgracias ajenas ni envidia la buena fortuna de otros.
–Que yo sólo informo –asegura–. Con rigor y objetividad.
–¿Con objequé? –interrumpe la Paca, que es huesuda, sorda y vulgar.
–Calle, Paca. –La Paca se calla, y la señora Luisiana continúa su discurso–: Porque yo digo lo que es y lo que no es, y usted lo entiende como quiera. ¡Va a tener una la culpa de lo que pase en casa de Pepito Grillo!
–¿Quién dice usted?
–Nadie, Paca, calle. –La Paca se calla–. El caso es que la encontraron desnuda en un callejón oscuro de la avenida Portugal el día de Navidad.
–Desnuda, ¿dice? Hasta para morirse hay que tener poca vergüenza. Madre del amor hermoso, desnuda.
–Desnuda, sí. Y el día de Navidad –repite la señora Luisiana.
–Santísima Trinidad… No habrá días en el año para matarse.
La Paca se santigua nerviosamente.
–Digo. Y muy maquillada, envuelta también en oro y plata. Ya se la imagina usted con sus aires de grandeza, de musa, de mártir, de…
–De mala puta –sentencia la Paca–.

Las campanas de Santa Ángela empiezan su clamor fúnebre del domingo, impregnando los corazones de absurda existencia, enrareciéndose los colores de la mañana con la llovizna de diciembre. San Cristóbal acecha desde lo alto sobre aquella virtuosa muchedumbre que forma una mancha negra en la tierra. Aquellos que acuden a la llamada de la muerte avanzan con paso lento pero firme, absortos todos en un silencio místico.

Published in: on 12 diciembre 2010 at 11:44 pm  Dejar un comentario  

Sólo un sueño

   Desafiar las calles oscuras y reavivar un corazón desmayado en las carreteras del tiempo. Luces en la noche que alumbren mi figura y nunca mueran. Robar la luna, hacerla eterna, dormir en esa luz de quimera…

   Creer en su mirada imposible y desenterrar la sonrisa perdida del pasado revuelto. Ojos de ciego y alma valiente que luchen por un último sueño. Correr desenfrenado, lanza en mano, la aurora acechante en el horizonte…

   Nadar en la inmensidad del océano y morir dulcemente ahogado. Bocados de pasión inventada, de sabor y textura improvisados. Caer en la dulce ignorancia del quizás, huir del verdadero jamás, perderse en sus besos imaginarios…

 

Published in: on 31 octubre 2010 at 8:38 pm  Comments (1)  

Aquella noche de diciembre

   Corrías bajo la lluvia de diciembre como un fantasma de la noche, con aquel vestidito blanco de los domingos y una sonrisa jocosa y brillante. Me pareció que saltabas los charcos con tal eficacia y corrías a través del vaho con tal fluidez, que se me hizo imposible no reparar en mis arrugas y mi torpeza natural. Me avergoncé y aflojé adrede el paso, cien años más viejo y cien veces más pequeño que aquella gigantesca imagen de perpetua niñez que habría de aparecer en mis pesadillas el resto de mis noches.

   Vi tu figura desvanecerse en la niebla, lejos de mí. Confiado en que saldrías de tu escondite, quise creer que volverías radiante de felicidad, me darías la mano y te refugiarías empapada bajo el paraguas. Quise creer que te regañaría por lo travieso de tus actos, oiría una vez más tu llanto y luego te secaría los ojos con besos fáciles y compasivos. Pero sentí un lamento de terror golpeándome violentamente el pecho, una revelación dolorosa inmune al tiempo y el espacio. Aquella noche espantosa vociferé tu nombre por toda la ciudad, recibiendo como única respuesta el eco desesperado de mis propios gritos. A la llegada del alba me dejé caer al suelo, abatido por un sentimiento de pérdida que hubiera preferido ignorar, condenado en el peor error de tu vida y la mía.

   Desde aquel diciembre no hay noche en que no te busque. A veces me parece que corro otra vez detrás de tu sonrisa juguetona sin sentir el peso de los años. Aun así no tengo miedo de tentar la muerte con quizá el último aliento, pues sé que si me concedo una tregua desaparecerás para siempre.

 

Published in: on 10 octubre 2010 at 4:56 pm  Dejar un comentario  

Thomas Hardy

‘Hap’

If but some vengeful god would call to me

From up in the sky, and laugh: ‘Thou suffering thing,

Know that thy sorrow is my ecstasy,

that thy love’s loss is my hate’s profiting!’

Then would I bear it, clench myself, and die,

Steeled by the sense of ire unmerited;

Half-eased in that a Powerfuller than I

Has willed and meted me the tears I shed.

But not so. How arrives it joy lies slain,

And why unblooms the best hope ever sown?

Crass Casualty obstructs the sun and rain,

And dicing Time for gladness casts a moan…

These purblind Doomsters had as readily strown

Blisses about my pilgrimage as pain.

Published in: on 7 octubre 2010 at 12:28 pm  Dejar un comentario  

La Sombra

   Cuando la Sombra comienza a cubrir las calles, las ratas salen, nerviosas y espantadas, del alcantarillado y las grietas de la carretera. Seres insignificantes y estúpidos pero cobardes y rápidos. Los humanos, en cambio, no huelen el porvenir y viven ajenos en sus vidas, que siempre creen estáticas. Todos los días aprenden la misma lección y al llegar la noche la olvidan, hasta ser alcanzados por la oscuridad otra vez. Pero saben que es cierto, vivir a veces espanta y el mundo a veces se rompe. Sí, es cierto que la injusticia es una cuestión fortuita, cosa del azar inexplicable, esa Sombra indeseada que se aferra caprichosa a los portales de la ciudad. Un día, suele decir la gente, la Sombra se arrastrará por el asfalto y buscará otro cobijo, pero para entonces la Sombra ya habrá destruido el hogar

   Y es cierto, hay avenidas enteras llenas de sombras, y barrios espectrales, agonizantes pero eternos, que parecen vivir en terrible sufrimiento y encierran dentro de sí lo peor de este mundo: el dolor, el vacío, el odio, la muerte. La lucha de los fuertes y el llanto de los débiles son en vano; la Sombra es un fantasma irritado sin clemencia ni rival, que se cuela por las ventanas y se hace dueño de la casa, de sus habitantes, de los recuerdos, sueños y miedos de éstos, cubriéndolo todo de horror, sofocando las luces que ya apenas brillan a los ojos de quienes una vez creyeron en el mundo y se equivocaron.

 

Published in: on 25 septiembre 2010 at 9:48 pm  Dejar un comentario  

Las nuevas luces

Por las noches vuelvo a la guarida de un loco. A la oscuridad angustiosa de tu cuarto. Sigues dándole importancia a tu extravagante colección de botellas de plástico, fantaseando con encontrarles, algún día, una utilidad brillante. Siguen los peces muriéndose en el agua, y a veces observas, con insólita curiosidad, cómo agonizan sumidos en la impotencia.  Tu cama sigue deshecha, pero aquélla que una vez ocupé junto a la tuya ni siquiera está. Las flores mustias de tu vida siguen acorraladas entre cuatro paredes, y lo peor de todo es que te has acostumbrado a vivir en tal estado. De repente la sonrisa del diablo en tu boca, y los ojos de un niño cruel y chiflado sobre un insecto acorralado.

Cuando abro los ojos y me inunda la claridad, tú desapareces. Desaparecen tus lágrimas frustradas, tu olor a soledad y locura, la ira de tu mirada, el cinismo de tus palabras, la falsa seguridad con la que te envuelves, tus cálculos impíos, tu piel áspera, tu puño, tus demonios, tu veneno, tu espantosa obra, siempre infinita… Como nuevas luces que despidieran la tempestad de una madrugada. Como el último guerrero que alzara su lanza victoriosa. Todo se difumina bajo el agua, y sólo queda flotando mi cuerpo desnudo y sublime, levemente magullado pero radiante de luz, sobre tu sombra decrépita pero inmortal.

Aún debe de haber luz.


Published in: on 13 agosto 2010 at 2:12 am  Comments (3)  

Culpable, culpable, culpable…

   Eres un estúpido, viviendo en la pena y en la desgracia que te has ganado. Culpable, culpable, culpable… Vuela ahora, vuela como pájaro que fuiste. ¡Vuela ahora si te atreves! Culpable, culpable, culpable… Las debilidades consumen lo poco que queda de ti; tú eres tu propia víctima. Culpable, culpable, culpable… Y cobarde, y atormentado, y atrapado en el pecado y en el silencio… Y ya suenan las campanas a muerto; en el vacío matinal hunde su mano la justicia: por tu culpa, por tu culpa, por tu culpa…

   Por tu culpa la noche en tu cuarto, por tu culpa la vergüenza en tus labios, por tu culpa la flor marchita… Y el invierno duró la vida.

Published in: on 20 julio 2010 at 1:31 am  Dejar un comentario  

Bailar

La música ya dejó de sonar. De repente, como un golpe seco y feroz. El mundo parece haberse paralizado, guardando silencio por alguna muerte que aún nadie se atreve a asimilar.

¿Alguna vez hubo música? ¿Alguna vez bailaste, gozoso o testarudo, al son de sintonías vivas o muertas, bajo la noche apagada o el día encendido, risueño al Sol u hostigado por un vendaval?

Pero bailar. Sin brazos y sin piernas, pero bailar.

Quién bailaría ahora; quién desafiaría el miedo y la vergüenza. Quién bailaría durante un tiempo infinito, en un espacio vacío, como estar ciego y sordo, sin música, sin sentido del compás.

Parece absurdo bailar en la nada.

Published in: on 24 junio 2010 at 10:37 pm  Comments (5)  

III

Volviste. Como un mentiroso, un hipócrita, un ser ruin pero tonto. Volviste para acabar huyendo, como un cobarde. Siempre lo supiste. Jamás traicionaste a tu corazón, siempre conociste el verdadero dictamen de sus latidos. Pero jugaste sucio, como un miserable. Él lo sabía. Y tú sabías que él lo sabía.

–No vendré contigo –le confesaste de repente.

Yacíais en la cama acurrucados entre las sábanas, en aquel sórdido cuarto que olía a locura y soledad. El Loco te miró con pesadumbre y desengaño y se apartó de ti, asqueado. El silencio se adueñó de la habitación por un momento, y tú tuviste un mal presentimiento. Te dijiste que eras idiota. Lo eras, y probablemente ya era tarde.

Él siempre te lo había dicho:

–No eres muy inteligente.

Sumergió la cabeza bajo la almohada y sollozó como un niño. A ti te pareció triste y tierno, pero presentías que muy pronto aparecerían los demonios que encerraba dentro. Así que ahora era el momento. Ahora, sin esperar un minuto más. Habías imaginado esa escena muchas veces, pero un mal actor como tú siempre mete la pata.

–Me voy para siempre –dijiste, ingenuo.

Published in: on 16 junio 2010 at 2:48 pm  Comments (3)  

II

   Una vez te dijo que estaba bien.

  –No lo estás –le dijiste.

   Te dijo que se sentía incomprendido y solo, y que su forma de ver el mundo sólo era diferente y mejor que la del resto.

   –Ése es tu fallo: no reconoces que tienes un problema –le dijiste, al tiempo que sonreía de forma amarga.

   A veces sentías tristeza, en la podredumbre de aquel cuarto de aspecto enfermizo y luz tenue. Entonces tratabas de hallar su mirada, a fin de encontrar sinceridad y dolor. Pero lo cierto es que aquel Loco jamás hubiera permitido que entraras dentro de él. Y, en el fondo, tú siempre creíste que era lo mejor. Cobarde.

   Tú buscabas su mirada, sus ojos fríos de tono triste, para nadar en ellos. Pero él jamás miraba directamente. Te dijo que debías desconfiar de quien te miraba a los ojos, pues eso indicaba que quería algo de ti. Y tú sonreíste, incrédulo. Le dijiste que pensabas que era tímido.

   –Yo nunca soy tímido –te aseguró el Loco.

Published in: on 3 junio 2010 at 7:58 pm  Comments (3)