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   –Debería ducharme –dice ella sentada en el borde de la cama. Tiene los pies colgando, como una niña. Él le acaricia esa escueta zona de carne que separa los omoplatos.
   –Dúchate –invita él.
   –Me resisto a sacarme tu olor del cuerpo –dice ella.
   Tiene la mirada perdida en una ensoñación difícil de precisar. Él sigue barriendo la piel con la yema de los dedos. Se siente fascinado por la textura real que ha adquirido ella, y se pregunta si sería igual las otras noches. Si la sentiría corpórea, dura y carnosa, cercana. Si su mente sería capaz de engañarle tanto.
   Y ese pensamiento, por asociación, le lleva a otro aún más desesperado. Si su mente ha podido engañarle antes, ¿por qué no también esta vez? Quizá la piel que toca no existe realmente.
   No puede más. Lo pregunta.
   –¿Cómo puedo saber que existes realmente?
   –No puedes.
   –No seas catastrofista.
   –Es que es verdad, no puedes. Tendrás que fiarte.
   –No puedo evitar dudar.
   –Eso es un clásico humano, cariño. Recuerda a Descartes. De lo único que puedes estar seguro es de tu propia existencia.
   –A veces ni siquiera estoy seguro de eso.
   Ella se echa a reír.
   –Entonces comprenderás que aún tengas para mí el carácter de fantasía.

María Zaragoza, Realidad de humo.

Published in: on 5 junio 2011 at 7:59 pm  Dejar un comentario  

Y sonreír…

Y sonreír y sonreír y sonreír…
Y en un segundo sentir:

Que me quitas la sonrisa,
me callo,
me esfumo en el silencio
y luego vuelvo.
Me celas,
me crispas,
me serenas
con tu repentina risa.
Me enfadas,
te enfado,
te largas y me lanzas:
 –Ya no te quiero a mi lado.
Te ausentas angustiado,
te llamo desesperado,
espero necesitado
desde el otro lado…

Y luego despertamos al fin
cuando tú me cuentas:
–Yo sólo te quiero a ti,
y yo muestro reticencia
cinco segundos antes de volver a sonreír.

Y sonreír y sonreír y sonreír…
con un sonrojo estúpido en la cara,
y en un segundo sentir
que estás aquí
conmigo en la cama.

Published in: on 6 mayo 2011 at 1:25 am  Comments (2)  

Por qué negarlo…

Por qué negarlo.
Y aunque no quiera, ¿dónde van mis pasos?
¿Cuál es su meta? Seguir tropezando.

En algún tiempo,
creía adivinar tras los lamentos
una bóveda de vanas estrellas.

De todo ello fui alimentado.
Pese a las heridas, cogí el antojo
de volar y llorar del mismo modo.
De todo vuelo me vi despojado.

En alguna parte de mis recuerdos | mentiras tan tiernas…
La hierba crecía tan verde y fresca | ese dulce cuento…
Llegué a trepar tantas enredaderas |ese dulce empeño…
Perseguí la sombra de tantos sueños | de luces eternas…

Published in: on 6 mayo 2011 at 1:23 am  Comments (1)  

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Llevo días y días encerrado
dentro de esta pequeña habitación.
Nadie llama a la puerta, pero si alguien
–después de tanto tiempo ya– viniese,
no me levantaría para abrirle.
Ni sé cuándo es de noche, ni tampoco
si el sol se ha acercado últimamente.
No recuerdo por qué cerre la puerta.
Tal vez podría abrirla y encontrarme
entonces con aquello. O tal vez
sea mejor así. Y siga siendo
esta duda una forma de esperanza.

Diego Miguel Núñez Vaya, Premios Searus 2005.

Published in: on 6 mayo 2011 at 1:20 am  Dejar un comentario  

VI

Quieres vivir en mí
y aunque las puertas del deseo cerraran,
como una enredadera,
nocturno y alevoso,
hasta aquí treparías
para alojarte
–quién te ha invitado–
en el rincón más oscuro de mi alma.

Para vivirme vienes, y mostrarme,
una vez más,
que eres el dueño
de mi zaguán, de mis postigos,
de mi alcoba desnuda,
del insomne reloj que me acompaña
si la noche está seria y tú no llegas.

Vivirás en cada palabra que yo no diga
pero también
en cada “buenos días”.
Te alojarás
con tu maleta rota de paisajes
con tus libros repletos de mentiras
y tus manos vacías de verdades.

Pero, qué pasaría
si aún tuviera hálito
para negar,
para negarme,
para negarnos juntos,
y cerrara los ojos,
las puertas, los balcones…

Cegada
y sola
y triste,
entonces volvería a repetir,
a mi pesar,
tu nombre y mi condena.

Esther García Bonilla, Premios Seaurus 2005.

Published in: on 5 mayo 2011 at 7:02 pm  Dejar un comentario  

Lo sé:
Cuando busco tu olor en mi cama
Y sollozo tu nombre y no llegas
Y no vuelcas mis paredes de acero
Y no me besas, y no me despiertas

Lo sé:
Siempre serás nube deshecha en polvo
Ante toda errada expectativa
Flor rendida sobre la tierra muerta
Roca inerte que la corriente olvida

Published in: on 27 abril 2011 at 6:14 pm  Comentarios desactivados en  

Futuro

      Luna tras luna siento que duermo en tu pecho, y hasta la llegada del alba me dejo endulzar por tu voz. La oscuridad de esas horas me trae una magia indomable, que calienta y enfría a un mismo tiempo. En la penumbra río al escuchar tu risa lejana, ensimismado por una felicidad pletórica. O me aferro a tus silencios contenidos, a tu memoria herida, a tu alma de guerra y fuerza, a tu rabia viva. Cierro los ojos y casi siento tu respiración contra mi piel y el peso de tus ojos sobre los míos.

      Pero la luna me quema si me acecha tu ausencia: esas noches te añoro tanto que te conviertes en polvo irreal y místico que pesa en mi cama, en luz azul de triste fantasía que me paraliza ante el miedo. Y pronto llega el frío calando en mis huesos, la oscuridad abrumándome el alma, tu voz en mi cabeza llenando un absurdo silencio…

      Me desquiciará la mañana con su hedor a muerte, clamando supuesta justicia divina en mis cuatro paredes. Y querré decirte cosas que se habrán quedado por ser dichas, querré decirte que aún te creo, querré decirte todo aquello que acallé en el silencio de la noche. Y se hará tan tarde en tu vida y la mía… La noche nos quitará el tiempo y para entonces sólo seremos recuerdo y ceniza, pero hasta la salida de un nuevo sol no querré sufrir tu ausencia. ¿Te habrás ido o seguirás ahí, en tu burbuja de niebla?

 

Published in: on 10 febrero 2011 at 6:21 am  Dejar un comentario  

Lady Day

      Cánteme un jazz de su vida, Lady Day. Deje que la rabia escape de su voz herida. Hábleme de quienes murieron, de los bares sórdidos, de las carreteras de Nueva York. Dígame cuándo y dónde perdió el sentido del dolor y sus ojos se hicieron dos pozos vacíos. Recuerde su mundo vencido en un mar frío de triste sabiduría. ¿Lo recuerda bien, Lady Day?

      A mí siempre me pareció bonita. Sé que ellos la solían llamar fea, y aunque no recuerde sus caras aún puede escuchar sus insultos: ‹‹eres fea pero buena puta. Toma tu dinero, te lo has ganado››. Pero ellos no pueden entenderlo: son incapaces de ver más allá de donde irradia la luz del Sol.

      Por eso cante desde su alma de niebla. Cante a la felicidad que la abandonó con la risa del diablo pintada en la cara, a los amantes de cama que siempre marchaban al alba, a la borracha que siempre fue, a la mujer vulgar que todos esperaron de usted.

Published in: on 9 febrero 2011 at 10:29 pm  Dejar un comentario  

La tierra baldía

Abril, el más cruel entre los meses,
Hace que nazcan lilas en la tierra muerta,
Mezcla recuerdos y deseos, sacude
Raíces perezosas con lluvias vemales.
El invierno nos puso los abrigos, cubriendo
La tierra de olvidada nieve, alimentando
Una mezquina vida con inertes tubérculos.

T.S. Eliot, La tierra baldía.

Published in: on 13 diciembre 2010 at 12:10 am  Dejar un comentario  

Doña Clara

Doña Clara solía refunfuñar frente al espejo:

Su pelo es un asco. Sí que lo es. Y mira qué cara tan arrugada, triste evidencia del tiempo y de su mal uso. Ella fue una estrella paradigmática a la que todos llamaban Delgadina, por razones obvias. Que se entere el mundo, y que se entere esa vieja fea que se burla al otro lado. Y Delgadina la de los ojos altivos e insolentes, la de los labios rojos y fogosos, la de la sonrisa viva y de cuando en cuando fingida. Aunque rabien las malas lenguas de envidia, ésa fue la verdadera Delgadina, y no la de las sábanas de raso. Una no tiene la culpa de su condición romántica, ni de sus maneras mimosas –que no obscenas–. Una se deja soplar en la vida, de aquí allá, en la dirección que toque y sin mayores escrúpulos.

Pero Doña Clara murió extasiada, según cuenta la señora Luisiana, que no es mujer de darle mucho a la lengua. No, ella no critica, ni cotillea, ni se alegra de las desgracias ajenas ni envidia la buena fortuna de otros.
–Que yo sólo informo –asegura–. Con rigor y objetividad.
–¿Con objequé? –interrumpe la Paca, que es huesuda, sorda y vulgar.
–Calle, Paca. –La Paca se calla, y la señora Luisiana continúa su discurso–: Porque yo digo lo que es y lo que no es, y usted lo entiende como quiera. ¡Va a tener una la culpa de lo que pase en casa de Pepito Grillo!
–¿Quién dice usted?
–Nadie, Paca, calle. –La Paca se calla–. El caso es que la encontraron desnuda en un callejón oscuro de la avenida Portugal el día de Navidad.
–Desnuda, ¿dice? Hasta para morirse hay que tener poca vergüenza. Madre del amor hermoso, desnuda.
–Desnuda, sí. Y el día de Navidad –repite la señora Luisiana.
–Santísima Trinidad… No habrá días en el año para matarse.
La Paca se santigua nerviosamente.
–Digo. Y muy maquillada, envuelta también en oro y plata. Ya se la imagina usted con sus aires de grandeza, de musa, de mártir, de…
–De mala puta –sentencia la Paca–.

Las campanas de Santa Ángela empiezan su clamor fúnebre del domingo, impregnando los corazones de absurda existencia, enrareciéndose los colores de la mañana con la llovizna de diciembre. San Cristóbal acecha desde lo alto sobre aquella virtuosa muchedumbre que forma una mancha negra en la tierra. Aquellos que acuden a la llamada de la muerte avanzan con paso lento pero firme, absortos todos en un silencio místico.

Published in: on 12 diciembre 2010 at 11:44 pm  Dejar un comentario