Incluso las aguas del Shirakawa parecían correr con una meta


No puedo aportar nada de cosecha propia, pero cuelgo un bonito fragmento que no tiene desperdicio. La pequeña Chyo se encuentra condenada a ejercer como criada de la okiya. Su vida rutinaria y sin sentido la entristece.

   –No te vayas, pequeña Chyo –me dijo Hatsumono–. Quiero enseñarte algo. Es esa jovencita que ves allí, la que está saliendo por la puerta. Se llama Ichikimi.
   Miré a Ichikimi, pero no parecía que Hatsumono tuviera más que decirme sobre ella.
   –No la conozco –dije.
   –No, claro que no. No tiene nada especial. Es un poco tonta y más torpe que un tullido. Tan sólo creí que te parecería interesante saber que ella será geisha y tú no.

   No creo que Hatsumono pudiera haber encontrado nada más cruel que decirme. Llevaba ya un año y medio condenada a los pesados trabajos de una criada. Sentía que mi vida se extendía ante mí como un largo camino que no llevaba a ninguna parte. No diré que deseaba convertirme en geisha; pero tampoco quería seguir siendo una criada el resto de mis días. Me quedé en el jardín de la escuela un largo rato, viendo pasar a las jovencitas de mi edad charlando unas con otras. Puede que tan sólo se dirigieran a comer, pero a mí me pareció que iban de una importante actividad a otra, que su vida tenía un objetivo, mientras que yo volvería a casa, a algo tan poco atractivo como barrer las losas del patio. Cuando el jardín se vació, me quedé preocupada pensando que tal vez ése era el signo que estaba esperando: que otras jóvenes de Gion progresarían en su vida mientras que yo me quedaría donde estaba. Esta idea me causó tal espanto que no aguanté más tiempo sola en aquel jardín. Caminé hacia la Avenida Shijo y torcí hacia el río Kamo. Unas gigantescas pancartas colgadas del Teatro Minamiza anunciaban para aquella tarde una representación de Shibaraku, una de las obras de teatro Kabuki más conocidas, aunque yo entonces no sabía nada de ello. Una multitud subía las escaleras del teatro. Entre los hombres, vestidos con oscuros trajes occidentales o con kimono, sobresalían los brillantes colores de algunas geishas, como hojas de otoño en las cenagosas aguas de un río. Aquí también contemplé cómo pasaba de largo a mi lado el bullicioso ajetreo de la vida. Me alejé corriendo de la avenida, por una calle lateral que seguía el curso del arroyo Shirakawa, pero incluso allí se veían hombres y geishas que parecían apresurados y con unas vidas colmadas de sentido. Para acallar el dolor de este pensamiento, me volví hacia la orilla del Shirakawa, pero incluso sus brillantes aguas parecían correr con una meta. Parecía que de todas partes me llegaba el mismo mensaje. Me apoyé sobre el murete de piedra al borde del arroyo y me eché a llorar. Era una isla perdida en medio del océano, sin pasado, eso sí, pero tampoco con futuro. Enseguida sentí que llegaba a un punto en el que creí que no podría alcanzarme voz humana alguna.

                           Memorias de una Geisha, Arthur Golden.

Published in: on 28 noviembre 2009 at 2:08 pm  Comments (2)  

The URI to TrackBack this entry is: https://alanissetto.wordpress.com/2009/11/28/memorias-de-una-geisha/trackback/

RSS feed for comments on this post.

2 comentariosDeja un comentario

  1. Al contrario de lo que puedas pensar, me lo he leído y ciertamente me impresionó. Tienes buen gusto (excepto para las gafas…)

  2. Qué sabrás tú lo que pienso yo… xD


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: