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   –Debería ducharme –dice ella sentada en el borde de la cama. Tiene los pies colgando, como una niña. Él le acaricia esa escueta zona de carne que separa los omoplatos.
   –Dúchate –invita él.
   –Me resisto a sacarme tu olor del cuerpo –dice ella.
   Tiene la mirada perdida en una ensoñación difícil de precisar. Él sigue barriendo la piel con la yema de los dedos. Se siente fascinado por la textura real que ha adquirido ella, y se pregunta si sería igual las otras noches. Si la sentiría corpórea, dura y carnosa, cercana. Si su mente sería capaz de engañarle tanto.
   Y ese pensamiento, por asociación, le lleva a otro aún más desesperado. Si su mente ha podido engañarle antes, ¿por qué no también esta vez? Quizá la piel que toca no existe realmente.
   No puede más. Lo pregunta.
   –¿Cómo puedo saber que existes realmente?
   –No puedes.
   –No seas catastrofista.
   –Es que es verdad, no puedes. Tendrás que fiarte.
   –No puedo evitar dudar.
   –Eso es un clásico humano, cariño. Recuerda a Descartes. De lo único que puedes estar seguro es de tu propia existencia.
   –A veces ni siquiera estoy seguro de eso.
   Ella se echa a reír.
   –Entonces comprenderás que aún tengas para mí el carácter de fantasía.

María Zaragoza, Realidad de humo.

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Publicado en on 5 junio 2011 at 7:59 pm  Dejar un comentario  

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