Te veo perdido en calles mojadas, de madrugada, a través de nuestra habitual cortina de humo. Solitaria figura sin rumbo, sin destino, sin luz propia. Tan convaleciente, tan esclavo de quien inventaste ser. Te veo cabizbajo bajo un aguacero que nunca cesó, en un invierno que nunca se hizo verano. Dices que ya no sufres, que ya no sientes, y aun así te veo retorcido de dolor. Dices que no esperas ninguna ayuda, pero a través del silencio puedo oír tus gritos desesperados. Quisiera decir palabras que tumbaran tu resignación, calmaran tu pérdida y crearan historias. Pero cómo hablarte de nuevas luces sin que me llames ingenuo, estúpido o ignorante; estimarías absurdo creer en algo que apenas recuerdas. Por eso sólo callo.
Y almenos te abrazaría, si no existiesen tantos caminos de por medio. No me digas que no estoy solo; me duele sentir que así es. Tampoco me hables de sueños; yo sólo quiero estar contigo. Siento no querer esta soledad inexorable a la que te acostumbraste por miedo a perderme. Así es conveniente que sea, dijiste. Y aunque encuentres en ello mi comprensión y complaciencia no olvides que nunca fui esa clase de chico sensato. Desespero cuando veo el tiempo pasar inútilmente y la distancia robarnos los buenos momentos, tan atrapado en los miedos que me acecharon desde pequeño, ahogándome en un sueño dulce y etéreo. Hasta que al fin despierto, todavía triste y fuera de tu escenario.
No tienes que decirlo: sé que no estoy fuera. Te Quiero.