Cánteme un jazz de su vida, Lady Day. Deje que la rabia escape de su voz herida. Hábleme de quienes murieron, de los bares sórdidos, de las carreteras de Nueva York. Dígame cuándo y dónde perdió el sentido del dolor y sus ojos se hicieron dos pozos vacíos. Recuerde su mundo vencido en un mar frío de triste sabiduría. ¿Lo recuerda bien, Lady Day?
A mí siempre me pareció bonita. Sé que ellos la solían llamar fea, y aunque no recuerde sus caras aún puede escuchar sus insultos: ‹‹eres fea pero buena puta. Toma tu dinero, te lo has ganado››. Pero ellos no pueden entenderlo: son incapaces de ver más allá de donde irradia la luz del Sol.
Por eso cante desde su alma de niebla. Cante a la felicidad que la abandonó con la risa del diablo pintada en la cara, a los amantes de cama que siempre marchaban al alba, a la borracha que siempre fue, a la mujer vulgar que todos esperaron de usted.